Lo notaba.
Era doloroso, como si los afilados y sanguinarios dientes de una piraña me rasgasen a mordiscos las tripas desde dentro. Como si un ser abyecto se apoderase de mí.
Era él y era yo. Éramos los dos. Nos mirábamos y en lo más profundo de mí aparecía un agujero negro donde debería situarse mi corazón. Ya no bombeaba sangre, se alimentaba de ella y la hacía desaparecer. Poco a poco dejé de sentir mis extremidades mientras él seguía con la mirada fija en mí, matándome por dentro sin necesidad de moverse ni tocarme.
¿Era amor? No, no era amor. No estaban las "mariposas" ni el "nudo en la garganta" del que todo el mundo suele alardear cuando se enamora. En su lugar tenía un dolor de cabeza que retumbaba como una colmena desbordada. De pronto se movió rápidamente y se paró justo en frente de mí.
Me besó. Me besó y solo pude notar el sabor cargado de odio y repugnancia en sus labios, como si se viese obligado a hacerlo. Yo reaccioné con un golpe seco en su estúpida cara y me di cuenta de que eso no era amor, por mucho que él intentase convencerme de ello.
Le golpeé antes de marcharme para siempre y al cruzar el umbral me invadió una sensación... inefable, al marcharme de allí.
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