Níniel esperaba a Velkan, aunque fuese inconscientemente. Se asomaba para ver si, de casualidad, se lo encontraba allí bajo su hogar...
Níniel llevaba tiempo sin dormir, notables ojeras cubrían el bajo de sus ojos. Mientras todos dormían, ella pensaba; daba vueltas en la cama, creando nudos en su pelo... quizás quería utilizarlo de enredadera para que aquel chico trepase por ella hasta llegar a Níniel.
"Velkan..." -pensó ella- "¿Cuándo fue la última vez que sentiste algo tan fuerte hacia alguien? ¿Lo sentiste alguna vez? Porque yo sí. Recuerdo mis largas noches en vela, esperándote, ¡esperando a que aparecieras! Lloré... día sí y día también. Mi madre siempre me había dicho que alguna vez aparecería mi príncipe azul... ¡Pero yo no quiero un 'príncipe azul'...! Yo te quiero a ti. Anoche me puse a pensar en cómo debería vestirme para dormir, por si te dignabas a aparecer. Pero en vez de eso estuve ahí, tumbada boca abajo entre sábanas y pañuelos, preguntándome por qué no estabas aquí; preguntándome cuánto más tendré que esperar hasta que llegues..." -un ruido la sacó de sus pensamientos-. La chica se asomó, un pájaro había golpeado su ventana al intentar un vuelo fallido.
"Pobre pajarito, ¿estás bien? Tranquilo..." -le acalló mientras lo cogía- "Yo te curaré." -Níniel cogió lo necesario para atender el ala del pequeño pájaro-.
Habían días en que el pájaro volvía para recibir amor y el aseguramiento de que su ala estaba bien. Pasaron días, semanas, ¡e incluso meses! El pájaro volaba libre y Níniel se dio cuenta de que su querido Velkan no había ido a por ella en demasiado tiempo.
Una noche, entre lágrimas, Níniel pensó que si fuese como aquel pájaro y chocase contra la "ventana" de Velkan y este la cuidara con amor y respeto, su "ala" dejaría de estar rota.
Níniel se levantó y fue hacia el balcón, subiéndose a la barandilla, manteniendo el equilibrio.
"Espérame, Velkan, allá voy. Voy a ser libre y volar alto, déjame 'chocar' contra tu corazón." -dicho esto Níniel saltó del balcón, esperando a que le saliesen alas o a que Velkan la cogiese en brazos antes de llegar al suelo. Pero no fue así y lo último que sintió fueron unas cálidas lágrimas resbalar por su rostro mientras su cuerpo se estrellaba contra la irónica realidad.
Velkan nunca había existido. Fue un simple invento para liberarla de la demencia que la consumía día a día. Las voces de su cabeza, los fantasmas del pasado. Eso fue lo que la impulsó a saltar. No había príncipe y ella no era una princesa. Su castillo era un putrefacto manicomio que la alejaba de los cuerdos y el pájaro, su querido pájaro, era su propio psiquiatra asignado que la relajaba con morfinas y pastillas. El ala que ella le curó fue una puñalada que ella misma le clavó con un cuchillo de plástico que había sido anteriormente afilado en uno de sus delirios en los que las pastillas dejaron de hacer efecto.
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