Me senté en la cama y le observaba. Le observaba con sumo cuidado, como si del hallazgo más precioso e increíble se tratase. Se sentó a mi lado y olvidamos lo ocurrido anteriormente.
Estuvimos hablando de tonterías, compartiendo risas, algún que otro secreto insignificante y... le besé, me atreví. Me lancé a aquel pozo sin fondo que eran sus ojos, a ese oscuro lugar que parecía la entrada a su mente.
Noté la dulzura en cada beso, lo saboreaba. Era tierno, cálido y estaba desbordando amor... por mí. Latía su corazón encarcelado en su pecho, notaba sus pulmones subir y bajar con cada respiración. Poco a poco empecé a sentir como si nuestros corazones flotasen por encima de nosotros, a un mismo ritmo iban y se sumergian en las aguas de la imaginación que creaban nuestras pervertidas y cariñosas mentes. Nos besábamos como si fuésemos el amor de nuestras vidas, esta vez sin vino de por medio y parecía que con cada beso me consumiera, como si me hiciese desaparecer de este mundo para llevarme al suyo. Lejos, muy lejos, en otra galaxia.
Poco a poco sentí mi cuerpo levitar y entre una neblina de pasión y amor me dormí entre sus brazos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario